La mañana continúa, llena la tolva de paja, anota en el cuaderno los nuevos nacimientos, sanea el ganado, arregla la alambrada, echa pienso a los caballos, los apareja, levanta una pared, y esquiva la arrancada de una vaca recelosa. Con un golpe de vista va revisando las reatas, las observa y les habla, complicidad absoluta. El agua no falta, el año ha traído lluvias y corre por regatos y surcos. Cruzando uno de ellos, y camino de Manzanares, nos acercamos a El Canto del Jaralón, fiel testigo de las rocas graníticas que componen La Pedriza, impresionante paisaje.
Charlando de toros y caminando sobre las lanchas divisamos la seriedad de la ganadería. Cuajo, hondura y trapío. Entre una encina, asoma cornalón, atento, de magníficas hechuras, inmejorable presentación, ¡un tío!. ¿Dónde va? le pregunto, a Vic-Fezensac, Francia, a una concurso. Cuando llegue ese día, volverá a levantarse temprano y cambiará la gorrilla por el sombrero calado ligeramente a la derecha. Le aconsejará y dialogará con él, le dará los últimos consejos, pero al final le dejará a su suerte.
Ya anuncian la tablilla, Flor de Jara, 510 kilos. De fondo, clarines y timbales. Se abre el portón de chiqueros. Suerte. Quizá encuentres la libertad, la gloria siempre.
Texto de Vïctor Arrogante
Foto : Octavio Leiro y Fabrice Torrito en la asociación EL TORO DE MADRID.
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